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12. La Conciencia Ética


Originada y alentada por Edas Dios (Edas Dei), a través del aprendizaje, de la experiencia, de sucesivas elecciones voluntarias, conscientes y responsables, cada uno va construyendo su propia conciencia ética. Así el “¿cómo debemos actuar?”, se desprende de la llamada “la voz de la conciencia”, como reflexión moral que acompaña a todo hombre en todo momento y circunstancia.

La conciencia que es el hablarse a sí mismo, en términos psicológicos es el proceso evolutivo mediante el cual un individuo forma su propia escala de valores, que le llevaran a aprobar o desaprobar su conducta presente y a decidir su conducta futura.

La base de la conciencia ética es la libertad, la cual no es un regalo sino una conquista de la voluntad en medio de los condicionamientos subjetivos; Fisiológicos y psicológicos, y los condicionamientos objetivos; Teológicos, económicos, sociales, culturales, políticos y educacionales.

La conciencia ética es afirmar que “toda persona debe ser respetada en su autonomía”, que nos lleva a la concepción de la “dignidad humana”, que se mide no por las acciones egoístas del hombre para conseguir sus finalidades propias, sino por las acciones desinteresadas y el respeto al deber, que las convierten en acciones propiamente morales de la persona, que es quien realiza los actos intencionales y como persona determina una conducta moral, porque ejecuta actos conscientes dirigidos a una finalidad, con voluntad, libertad y responsabilidad.

La conducta moral obedece a una escala axiológica de carácter absoluto y trascendente de valores, que siempre deben ser los mismos y si hay un cambio es del hombre histórico que altera su respectivo orden; hay períodos de secularización y otros de sacralización, en que se turnan lo sagrado y profano.

Por el “principio de la beneficencia” como deber de hacer el bien o “primun non nocere”; primero que nada no dañar, el valor de un hecho moral se mide por la bondad o maldad. La bondad es el actuar siempre en el sentido de “que cada uno se perfeccione y procure y ayude igualmente a que los demás también lo hagan”. Es la voluntad de entenderse a sí mismo y entender a los demás. Ese es el camino para alcanzar la paz y la bienaventuranza en el más allá. Es el estado de tranquilidad de conciencia el que define el destino post-morten.

Las normas tradicionales que tienden igualmente a la perfección y que han sido utilizadas reiteradamente por las religiones; como “amor al prójimo”; “amarse los unos a los otros”; “no hacer a otro lo que no quieras que te hagan a ti”; “obrar para que la persona y las demás personas alcancen su fin y no utilizar a los demás como medio”; “no matar”, etc., son formas de expresar la conciencia ética.

De acuerdo a la psicología moderna “en el individuo hay un déficit de ser que nunca se satisface”. El psicoanálisis nos enseña que en el “mundo de la vida” solo se llega a ser completo cuando no se desea nada, realidad que solamente se cumple a cabalidad en el Ser Supremo por su perfección infinita, pero no en el hombre, porque si se trata del amor como deseo nunca satisfecho, lo convierte en un ser incompleto.

La norma ética debe ser “amar al prójimo sobre todas las cosas”, y no a lo divino que no lo necesita, que lo imprimió en la naturaleza humana, para los humanos y entre humanos y solo para los humanos.

Por el “principio de autonomía”, que es la capacidad de todo individuo de gobernarse por una norma que el mismo acepta como tal, sin coerción externa; el perfeccionarse como virtud es ejecutar la reflexión ética para encontrar la verdad y darle el reconocimiento debido. Por eso debemos comulgar plenamente con el Mensaje Divino como realidad teológica, que nos perfecciona cuando reconocemos al ser transcendente en Edas Dios (Edas Dei), que nos llena de sentido moral, que hayamos el sentido de la vida al realizar los valores que emanan de su imagen, que con los conocimientos de la ciencia de que disponemos actualmente, desarrollemos una nueva conciencia ética funcional en expansión que supere la tradicional judío-cristiana.

¿Tiene la conciencia ética algo que ver con el conflicto entre religión y ciencia?

¡Si los contenidos de la fe se basan esencialmente en el “misterio”, a la postre pueden terminar siendo un fraude!

¿Será entonces lógico aceptar el sincretismo que vincula la fe con la razón?

¿Se faltará a la conciencia ética si se toma la fe como punto de referencia para darle sentido a la vida?

La religión es creencia y la ciencia es conocimiento. Se puede creer en algo sin estar plenamente seguro de ello, o sea que lo que creemos que es verdadero puede no obstante ser falso. Puede suceder que la gente esté tan plenamente convencida de la supuesta verdad de sus creencias como de la verdad de lo que no conoce, aun cuando tales creencias sean falsas.

Conocer algo es responder por su verdad con garantía, porque no solo hay que estar convencido de que se posee la verdad, sino hay que probar que esa es la verdad, de hecho lo que es conocido debe ser verdadero. Las condiciones necesarias y suficientes para conocer algo son: que lo conocido sea verdadero, que estemos seguros de ello, que tengamos derecho a estar seguros.

Entonces no es fácil conciliar lo que hemos señalado como una contraposición entre el conocimiento y la creencia. De hecho son dos metodologías diametralmente opuestas e irreductibles. Es la contradicción y separación inexorable e irreconciliable entre los saberes de la fe y la razón. Entendido así, nunca podrá haber la reducción y unión entre ciencia y religión revelada, porque sus métodos epistemológicos son incompatibles, aunque fenoménicamente en algunos aspectos lo uno explique lo otro.

El Mensaje Divino acepta lo que la ciencia dice y se identifica con la ley de la evolución, descarta la revelación, el milagro, la concepción antropomórfica de lo divino, la creencia inverosímil de la encarnación divina, que resulta algo inconcebible en una deidad que va en contra de su forma sustancial de ser infinito reducido a lo finito.

La nueva ética del Mensaje Divino no comulga y condena la teoría, representada por el renacentista Maquiavelo, según el cual “el fin justifica los medios”, de tan terribles consecuencias para justificar cualquier acción y que tanto sufrimiento ha causado a la humanidad, que aplicada al ideal político, significa utilizar la fuerza cruel para alcanzar el poder, conservarlo y salvaguardar el Estado.

La naturaleza humana es dual porque está gobernada por principios antagónicos y en su ser más íntimo consiste en la coexistencia inestable de fuerzas opuestas; las activas que no pueden existir sin las reactivas, formando una unidad de fuerzas en conflicto, cuya resolución como acto voluntario y de libre albedrío determina una conducta moral. Esta dualidad humana representa en el Occidente el espíritu Apolíneo y Dionisíaco de la tragedia griega y en el Oriente la teoría del Yang; la luz, y el Yin; la sombra.

Por el “principio de la epikeia”, o de la equidad, como norma ética suprema de todos los actos humanos y como sentimiento de justicia y ponderación de juicios y actuaciones, se resuelven las situaciones planteadas por la dualidad humana.

En la naturaleza todo es materia y energía y no existen las energías espirituales, existen fuerzas opuestas que determinan un flujo de energía. El perfeccionamiento humano como mandato ético del Mensaje, está relacionado con la energía. La búsqueda del máximo aprovechamiento de la energía disponible es norma ética de toda acción humana, que se logra por los “estados de conciencia” que se relacionan con el poder espiritual.

La misteriosa relación entre la “poder espiritual” y la “energía disponible” está impregnada por el sentido ético, porque allí se mueven fuerzas ocultas activas y reactivas que el esoterismo en sus diversas formas intenta conocer, ya que es sabiduría de inmenso valor en el mundo moderno donde la batalla más grande que se libra es por el control de las mentes humanas.

La ética edista es la teoría de la valoración moral de los actos humanos por el aprovechamiento que se haga en el uso de la energía humana. Se explica por la escala axiológica de valores que a través de la conciencia regula las fuerzas activas y reactivas de cada uno. La energía humana que esta a nuestra disposición y que debemos aprovechar al máximo se debe a la acción de estas fuerzas.

El bien es compartir con el prójimo los conocimientos de las ciencias positivas y humanas, que le permiten al hombre, el dominio sí mismo y de las fuerzas de la naturaleza.

El ser humano está regido por el dharma; que es el precepto a cumplir, por el karma; que es la ley de causa a efecto y por el cual nuestros actos nos siguen, según el cual se alcanza o no el nirvana, que es el estado de felicidad eterna en el más allá.

El dharma de la ética edista se basa en el principio de: “hacer el bien, de autonomía personal y de justicia para el perfeccionamiento humano”, que se relaciona moralmente con el dominio que el poder espiritual de nuestra conciencia ejerce sobre las fuerzas activas y reactivas, que hacen que, como si fuera una obra de arte sometida a los atributos del diseño estético de unidad, variedad y orden, la energía Disponible se escinda en energía útil y energía degradada. El bien es todo lo que permite la máxima utilización de la energía humana disponible y el mal todo lo que se opone a ello.

El hombre y la mujer se perfeccionan en la medida en que aplican los principios éticos, para alcanzar el máximo aprovechamiento de las energías humanas.