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8. La Imagen Divina


El pensamiento de la “existencia de Dios”, determina también la implicación del ser Imago Dei; la imagen de Dios.

En la religión la "imagen" desempeña un papel esencial e insustituible, porque es la representación sensible del conocimiento de lo trascendente y en el saber humano, hay una historia de Dios, porque las imágenes de Dios cambian con el curso del tiempo.

Lo divino no se capta inmediatamente, sino sólo a través del conocimiento del mundo y en realidad como algo completamente distinto al mundo. La imagen general que a partir del mundo se puede formar de Dios, aquella que en todas partes y todos tiempos, independiente del grado de cultura, de las condiciones especiales, de la peculiaridad de tal individuo o colectividad, se da a conocer de Dios, es la imagen de abstracta universalidad de lo divino.

El Panorama Religioso por otra parte, nos muestra que históricamente condicionadas existen las imágenes naturales de Dios, que aunque son originales en un aspecto divino y más ricas en cuanto más analógicas sean con los seres concretos, en cada caso reciben un matiz dando una idea unilateral de lo divino, no habiendo dos conceptos de Dios que sean totalmente idénticos. Solo la síntesis de todas las imágenes de Dios, en cuanto sean correctas en su irrepetible originalidad, podría proporcionar el pleno conocimiento de Dios que puede de suyo recabar de la creación. Semejante síntesis no ha existido históricamente ni puede tampoco existir porque todas ellas están untadas de lo anímico. Mientras que en el pensamiento religioso occidental el concepto de un dios personal es frecuente, en la China no lo es y más bien se venera la naturaleza como obra de Dios.

Como la imagen analógica de Dios está condicionada por el respectivo mundo del hombre, se puede desbordar en extensión y profundidad como sucede en el cristianismo, lo cual hace necesario imponer límites para evitar que lo divino no sea más que una pura emanación y objetivación de deseos o ideas humanas.

En la conceptualización de lo divino como ser personal, graves dificultades se presentan al conocimiento natural de la pura personalidad de Dios cuando se pretende determinarla por la del hombre, porque la comprensión personal espiritual de los bienes de salud, como riquezas, poder, felicidad se convierte para él en algo material y egoísta. La psicología y la criminología nos enseñan que el ser humano es bueno pero tiene tendencia a la perversidad y a la actuación irracional instintiva.

El conocimiento religioso natural, como en general todo conocimiento humano, es una mezcla de verdad y error que no siempre se pueden deslindar. El hombre, en efecto, ha querido tener siempre un Dios vivo, lo cual quiere decir un Dios concreto que esté en relación activa no sólo con el mundo y con el ser en general, sino con su mundo y su propia existencia. Sin embargo, surge aquí el peligro al que sucumbe el hombre tanto más impensadamente cuanto más carácter intramundano da a lo divino, de aplicar demasiado unívocamente a lo divino las relaciones y categorías humanas e intramundanas. Así lo divino se hace más accesible y la relación con él más sentida, colmándose eficazmente las lagunas que dejaba el conocimiento filosófico y general de Dios; pero todo esto sucede a costa de la verdad y de la dignidad de lo divino.

Si las concepciones religiosas naturales tal como se manifiestan en la historia de la humanidad están tan mezcladas de verdad y de error, ¿dónde se hallará por fin el criterio para distinguir al uno de la otra? Esto ha llevado a la concepción antropológica cristiana del hombre culpable que se debe mutilar.

¿Si existe la convicción que lo divino posee una riqueza inagotable, cómo con un conocimiento finito se puede captar toda ella?

¿Cómo con el conocimiento finito se logra el conocimiento de lo infinito?

Si bien es cierto que no hay nada tan condicionado como las respectivas imágenes personales de Dios y que no es posible la síntesis en una sola imagen natural y concreta, también es cierto que entre mayor número de imágenes originales y particulares existan, resulta una conceptualización más rica y concreta que de acuerdo a su expresión analógica entre los seres particulares y la real imagen que se pueda formar de Dios, permite a su vez restablecer categorías, entonces las imágenes serán más correctas cuanto más correspondan a una cosmología actualizada, vigente, que sean igualmente congruentes con la evolución del pensamiento religioso. Dado que Dios es al mismo tiempo el ser más concreto y el más rico, es natural que las imágenes de él se distingan entre sí más que las de cualquier realidad finita intramundana. Por otra parte ningún otro conocimiento exige tan rica visión de conjunto, pues de lo contrario corre peligro de ser una idea sumamente unilateral de Dios.

Otro aspecto a considerar es la situación de la imagen que es un conocimiento analógico de Dios, a través de la cosmovisión de los seres finitos. Por ello es que la imagen particular no debe entrar en contradicción con la imagen abstracta porque las categorías generales se deben volver a realizar de manera propia y concreta en cada imagen natural de Dios. La imagen que más se acerque a la de abstracta universalidad resulta ser fenoménicamente la más real, sin perder de vista lo que siempre ha llamado la atención, que la imagen de Dios siempre ha estado condicionada por el respectivo mundo del hombre, el cual es limitado y así lo es también su conocimiento de Dios, pero su profundidad e intensidad dependen de cómo toma de su propio mundo los rasgos de la realidad que atribuye también a lo divino. Pero Dios es el completamente otro, al que no se debe asemejar demasiado con el mundo; porque desde luego, aquí se halla la fuente de muchos errores teológicos presentes en las confesiones religiosas.

Si el hombre juzga de la importancia de las cosas del mundo cada vez según sus intereses y su actitud intima, hasta el punto de pasar por alto determinados aspectos de la realidad, esto mismo debe tener repercusión en su conocimiento de Dios, también por esta razón la imagen que un hombre se forma de Dios es sumamente instructiva para conocer su interior.

Al intentar mostrar sobremanera una imagen natural de lo divino hay una grave responsabilidad, porque su reputación no se puede arriesgar en el intento innecesario de la inmersión de Dios en el contexto mundano como un imposible teológico. Así, la teología tradicional tiene un auto-problema de tipo hermenéutico que ella misma se ha creado y es su propia incondicional obediencia a la palabra de la supuesta revelación, que puede haberla atrapado en un culto idolátrico a una significación particular que esta palabra tomó.

Dentro del conocimiento religioso natural se puede en todo caso establecer una serie jerárquica entre las religiones por razón de su nivel espiritual. No son entre sí equivalentes. La norma para ordenarlas la ofrece el conocimiento de los valores. Pero en ese conocimiento tiene gran importancia la actitud del hombre que al estar dotado de espíritu, mente y cuerpo, extiende su esfera humana a lo trascendente y dota de vida anímica a lo divino. Si la concepción universal de Dios es el de un espíritu puro, el psiquismo al estar untado de sensibilidad al unir el cuerpo con el espíritu, envenena y acaba con Dios.

Aquí surge, por cierto, la gran dificultad que no han logrado superar la mayor parte de las religiones. Lo que significa ser persona lo sabe el hombre sólo por su propia esfera humana, por su trato con los otros hombres. Pero el ser personal humano es limitado y está ligado a la vida infra personal del cuerpo. De la postura última del individuo depende en qué grado tenga conciencia clara de lo personal y espiritual como de una esfera propia dentro del conjunto de sus experiencias como un fenómeno concomitante de lo anímico. Conforme a esto, la personalidad que atribuya a lo divino irá acompañada de mayor o menor dosis de psíquico. Ahora bien, mediante lo anímico quedan los dioses encadenados a lo mundano y, lo mismo que el hombre, no son ya completamente independientes. Así, no pueden ya, como antes se dijo, ser creadores del mundo; sólo se les atribuye su formación partiendo de una materia preexistente. Esta preexistencia es requerida por su encadenamiento al mundo y su distancia del puro ser personal.

Pero, como los poderes mundanos son múltiples, sobreviene necesariamente una multiplicidad de dioses, cuya jerarquía de sus credos religiosos es función del grado de psiquismo impreso a las deidades.

Esta actitud humana hacia lo divino es explicable porque los poderes espiritual y psíquico por ser misteriosos, no se dejan manejar ni ejercer influjo sobre ellos a la manera como se tratan las cosas del mundo para ponerlas a nuestro servicio.

Por una parte esta la imagen de general y de abstracta universalidad de Dios como principio único y espíritu puro, que por lo regular carece de verdadera eficacia porque no tiene la menor relación con la vida real del hombre. Por otra parte se presentan las imágenes naturales y analógicas de Dios que brotan de la experiencia concreta en un mundo históricamente condicionado, formado en base de los seres concretos con que al estar en contacto con las imágenes naturales divinas, en mayor o menor grado están afectadas de psiquismo.

Siempre debemos tener presente que el conocimiento divino lo construimos pensando en un ser hecho a nuestra imagen y semejanza para que las imágenes naturales, analógicas y concretas sean de nuestra utilidad mundana, pero estas imágenes necesariamente no se basan ni corresponden a la realidad, son imágenes virtuales de nuestro borroso espejo místico históricamente condicionado.

Ahora es el momento de acudir al Mensaje Divino, para ver la imagen arquetipo de lo trascendente, entre lo contradictorio de lo general y de abstracta universalidad y lo natural y analógico, donde lo real esté exento de lo anímico, como nuevo paradigma para el Ser Supremo.