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7. Antropología Filosófica


La vida se define como un sistema fisicoquímico que se sostiene así mismo y es susceptible de experimentar la evolución darwiniana. La evolución darwiniana, es la abreviatura de un proceso de tres pasos: primero un grupo de individuos debe poder reproducirse haciendo copias de sí mismo; segundo, las copias deben de contener imperfecciones, o mutaciones heredables que introducen variaciones en la población; tercero y último, tiene que haber un sistema de selección natural que favorece la supervivencia de algunos individuos sobre otros. El hombre como animal está sometido a las leyes naturales, a la biología y a la evolución darwiniana.

El hombre aunque sustantivamente es de naturaleza animal, se adjetiva por domesticación y obedecimiento al condicionamiento histórico de un sistema de símbolos constituido por el lenguaje, el mito, el arte y la religión, dominado por un sistema totémico de tabúes y fetiches, actuando generalmente por sentimientos y emociones más que por la razón, siendo su naturaleza terriblemente destructora más que constructora y viviendo en un mundo, en un entorno y un medio que en cada momento cambia, ante los cuales debe adaptarse o morir. El hombre históricamente ha sido capaz de modificar a su favor el entorno que lo condiciona y somete.

El mito es un fenómeno natural adornado con la fantasía de leyendas y fábulas y es el soporte primario de las religiones. El tótem es un objeto profano que se torna sagrado y que se manifiesta como un mandamiento que produce un sistema a la vez religioso y social. El tabú es el establecimiento a priori, sin experiencia, de una prohibición o peligro sobre cosas o eventos que impone inhibiciones, deberes y obligaciones, que como limitación origina la moral primitiva. El tabú se rige por la norma noli me tangere, "no se me acerque". El fetiche es un objeto que determina buena o mala suerte. La riqueza de incidentes y descripciones de la mitología apuntan a una fuente muy profunda de la psique humana. Los mitos más poderosos que han existido que hoy sobreviven, casi con certeza se asignaron en la época inmediatamente anterior al establecimiento de la humanidad.

El mito tiene el poder que el hombre no tiene, y esos seres mitológicos se integran en el mundo tal y como es percibido y comprendido por el hombre y forma parte de sus relaciones sociales.

El hombre se ve amenazado por peligros desconocidos y se vuelve obediente a las inhibiciones o prohibiciones del tabú, nacen los deberes y obligaciones. El tabú lleva a la tentación y a la imitación y el hombre que contraria un tabú se hace tabú.

Considerando el Panorama Religioso se aprecia que casi todas las religiones presentan una dimensión mitológica que, a menudo está en deuda con creencias precedentes. La interpretación de la vida mítica nos muestra que el sustrato real del mito no es el pensamiento sino el sentimiento que conduce al rito religioso, cuyo punto más esencial es que avanza únicamente donde falla el conocimiento.

Un signo del progreso definitivo de la antropología y de la historia moderna de la religión lo tenemos en el punto de vista que se va imponiendo cada vez más; parece ser una máxima aceptada generalmente que lo ritual es anterior a lo dogmático, tanto en sentido histórico como psicológico. Son necesarios altares para los dioses, templos para los sacerdotes y palacios y tronos para los soberanos, para que no sean avasallados por las contingencias temporales provocadas por la evolución antropológica, la cual no pueden evitar y detener aunque fortifiquen y cuiden sus fronteras defendiéndolas con las huellas de las potencias celestes e infernales, la de los antepasados o de los espíritus que pueblan y animan la intimidad de su geografía.

Para asegurar la continuidad del mito, las futuras generaciones se formarán en la cultura de la doxa; de los valores primitivos heredados de la sociedad mítica, de las creencias míticas, de una fe de mero contenido emocional. Más tarde ni la tradición ni el condicionamiento histórico podrán evitar el conflicto surgido al recorrer el camino del episteme; de la valoración del conocimiento ante la necesidad de dar explicaciones racionales, no mitológicas, a los fenómenos del mundo físico.

Es así como el sentimiento religioso no necesariamente es acreditado por la razón ni puede ser explicado por la ciencia, se inspira en el mito que explica el origen del mundo, el sistema totémico que sacraliza lo profano y prohíbe la duda y el tabú que impone una moral.

La sociedad en que vivimos con sus valores nos obliga desde el nacimiento hasta la muerte, a creer y aceptar los dogmas de la religión imperante gracias a la alienación producida por la ignorancia, el fanatismo y la intolerancia, así las cosas la fe no se entiende sino se acepta y obedece bajo la amenaza del infierno, sostenida por el vasallaje ejercido por el pacto de unión entre el altar y el trono.

Reconocemos entonces, que no hemos estado en contacto con la realidad, que necesitamos salir del terruño mítico intocado más allá del cual nada es ya verdaderamente pensable, que ha llegado la hora de encontrar la verdadera imagen divina, para construir primero el dogma teológico a la luz del conocimiento científico actual, para luego si, erigir el santuario para el culto y ritual religioso.