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6.9. El Islamismo


Del desierto árabe han surgido a lo largo de los siglos tres grandes religiones; primero la Judía, luego la Cristiana y por último el Islamismo. Quizás la soledad del hombre en ese inmenso territorio viajando por los interminables caminos del desierto en camello o a píe, caminando lentamente, bajo un sol abrazador, con un paisaje desesperante y siempre el mismo de tarde en tarde, lo llevó a buscar a Dios, y convirtió a estos pueblos semíticos en predestinados a ser fundadores de religiones.

A pesar de que las religiones de estos tres credos guardan estrecha relación entre sí, sus diferencias son suficientes para que, a lo largo de la historia, se hayan combatido como enemigos mortales. Cada una ha intentado conquistar y dominar el mundo en nombre de su dios, tomando las palabras de sus profetas como la Palabra de Dios.

El punto de partida de la teología de estas religiones es la afirmación que todo cuanto ha sido creado procede de un principio absolutamente perfecto, el bien absoluto de que habló Platón, quien como gran idealista del pensamiento griego llevo esta idea a su punto más alto, al asegurar que la verdadera causa de las cosas no eran los elementos materiales de que estaban hechas, sino el Modelo al cual se esforzaban por asemejarse, a aquella idea del supremo Bien, origen de todo y que todo lo dominaba y lo precedía.

Esta doctrina ha sido el norte de las religiones y las tres semíticas se han inspirado en ella, afirmando que todos los seres y particularmente el hombre procedían de un ser soberanamente perfecto que los amaba y extendía sobre ellos su paternal protección, y el Universo era obra de un Ente soberanamente perfecto; el Bien, elevado de común acuerdo a la categoría de Dios.

¿Cómo explicar entonces la existencia del mal?

Dialécticamente junto a las sublimes fantasías de los profetas están las evidentes realidades de la existencia del mal en el mundo. La historia ciertamente lo confirma en las luchas, guerras, revoluciones, calamidades, crímenes, enfermedades, miserias y dolor que constituyen la realidad de cada momento. Esta evidente e innegable realidad de la existencia del mal es incompatible con la noción tradicional del bien, es decir, la de que todo lo ha creado, lo sostiene y lo dirige un Dios justo, bueno, sabio y todo poderoso.

¿Cómo explicar que el mal existe por voluntad de Dios?

Los llamados profetas del Antiguo Testamento intentaron darle a este verdadero e inquietante problema diversas soluciones. De acuerdo a las escrituras entre los judíos el oficio de profeta era un arte que se aprendía en las escuelas o colegios destinados para este fin, dotándolo de conocimientos superiores en cosas divinas y humanas para aprender a ver lo que otros no veían. Su formación los convertía en enviados de Dios para revelar algunos secretos, disposiciones o voluntad divina, para dar consejo en algún lance apurado, o para intimar la ira de su dios o sus castigos contra los rebeldes, soberbios e incrédulos, a fin de que los pueblos volvieran sobre sí y se convirtieran de veras a la fe de su dios. Su misión no solo era anunciar en los libros las cosas venideras, si no que eran los encargados de mantener el culto de su dios entre los hombres y ser refuerzo del ministerio de los sacerdotes y levitas.

La visión, la aparición nocturna y la audición que sufría el profeta, se originaba en la inspiración interior que lo llevaba a hablar, le daba la seguridad y la convicción inquebrantable de que había recibido la palabra de su dios, que debía comunicarla, y como él creía que la inspiración era divina, debía utilizar los medios posibles para que el pueblo obedeciera el mensaje enviado por su dios.

Como parte de su oficio, el profeta se caracterizaba por su antropomorfismo, creando un dios con las cualidades y defectos del hombre, haciéndolo todo poderoso para que no hubiese dudas sobre la resurrección de la carne y el terrible juicio final. Ese dios fabricado era implacable con los incrédulos llenándolos con su palabra de temor ante los tormentos del infierno, siendo a su vez muy generoso con sus creyentes para quienes les tenía reservada la felicidad del cielo.

En su sentido más propio el profeta era aquel hombre a quien su dios hacia hablar, aún sin entender el sentido de lo que hablaba para nutrir la piedad de sus fieles, fortalecer su fe y atraer a su religión a los más obstinados e incrédulos, utilizando inclusive la magia del milagro para presentar las pruebas más convincentes de su divinidad, o en su defecto llegando a emplear un lenguaje terrible, amenazador y despiadado para anunciar la venida del Dios de los ejércitos para exterminar a los descreídos.

El mensaje del profeta se consolidaba con la posibilidad de que se cumpliera lo que él había revelado en sus libros por la comunicación con su dios, ya que los acontecimientos futuros no los podía prever toda la sabiduría humana de su tiempo.

El enfoque anterior permite hacer una interpretación histórica del mercader árabe que en sus numerosos viajes conoció las dos religiones de origen semítico; la judía y la cristiana, que sin ser en realidad ni filósofo ni teólogo dio una solución al problema del mal. Era el continuador de los profetas judíos, el último y máximo profeta; Mahoma, el Iluminado, quien construyo su religión; El Islam, palabra cuyo significado etimológico es sumisión a Dios y Paz, con los materiales tomados de las leyendas bíblicas interpretadas en forma caprichosa. Su Dios es Alá que significa el destino inevitable del cual nadie puede librarse, el cual no se diferencia de Yahvé sino de nombre, representa la evolución del culto árabe de las divinidades relacionadas con la Kaaba, lo piedra negra, que según la leyenda había sido traída por Abraham.

El Corán es el libro profético de Mahoma que ofrece el aspecto de un monumento religioso y social de primera magnitud, que literalmente posee una hermosura sutil hecha para ser declamado o aún mejor cantado, y cuya lectura se vuelve monótona, pues como la Biblia contiene en cada una de sus narraciones el Sura o capítulo y el Ayat o versículo, igualmente escrito en forma alegórica similar al texto bíblico, lo que hace que la realidad se pierda entre la interpretación simbólica y literal.

Del Nuevo Testamento tomó Mahoma mucho menos que del Antiguo y con el mayor respeto por Jesús, lo considera tan solo como uno más de los profetas anteriores a él

El Islamismo a diferencia del Cristianismo se fundamenta en una fuente primaria, en un escrito original; El Corán, el cual tiene la ventaja de la seguridad en cuanto a su origen pues es la obra de un solo hombre.

En Mahoma con relación a Jesús, hay un mejor medio de juzgarlo a través de su obra, pues lleva y llevará siempre la ventaja a aquel que por no haber dejado nada escrito, no podemos conocerlo sino a través de lo que otros han pensado de él, es decir de fuentes secundarias y terciarias, a través de historiadores, compiladores y comentaristas, que hombres al fin, nos ofrecen aquello de lo que se ocupan a favor de algo muchas veces distinto a la verdad, precisamente a causa de sus opiniones. Mientras que cuando tenemos la obra de un hombre le tenemos a él mismo. De otro modo todo en torno a él es dudoso, y si no queremos equivocarnos, estamos obligados a someter lo que se le atribuye a rigurosa cuarentena, para evitar que la fantasía pueda añadir muchas veces lo que en la realidad falte.

Mahoma como monoteísta rabioso que era, no toleraba que asocien otra divinidad a su Alá: En verdad, Alá no perdona que se asocie a él otra divinidad. El que lo hace cae en un error que va muy lejos. (Corán, IV, 116) Es decir, el más grave de los errores ¡Afirmación muy grave sale de sus bocas diciendo: Dios ha tomado de Él un hijo. En verdad, no profieren sino una gran mentira. (Corán, XVIII, 4). Dicen los cristianos: El muy Misericordioso ha tenido un hijo. Diciendo esto decís una cosa monstruosa. Poco falta para que los cielos se hiendan, la tierra se entreabra y las montañas deshechas se hundan por atribuir un hijo al Todo Misericordioso. (Corán, XIX, 91, 92) Y no solamente le desesperaba oír que Alá había tenido un hijo sino hablar de la Trinidad. “¡Oh vosotros, pueblos del Libro! (los cristianos). No vayáis más allá de la justa medida en vuestra religión y no digáis a propósito de Dios sino la verdad. Creed, pues, en Dios y en sus apóstoles pero no digáis Tres”. ¡Absteneos de afirmar tal cosa! Esto sería lo mejor para vosotros. ¡Alá no es sino un Dios único! ¡Gloria a Él! ¿Cómo podría tener un hijo? ”(Corán, IV, 169).

Además, y tal cual habían ya pensado Basilides, Valentin y otros en los primeros tiempos de nuestra era, Jesús no había muerto en la Cruz, sino otro en su lugar: Simón de Cirene, al que vemos aparecer en Lucas: Han dicho: en verdad, hemos matado al Mesías, Jesús hijo de María, el apóstol de Dios. Pero no le han matado, no le han crucificado; sino a uno que les pareció que era Jesús. En verdad, los que difieren a propósito de esto están llenos de dudas, no tienen en lo que a él se refiere un conocimiento cierto, sino que siguen también una opinión. No le han matado, esto es cierto, sino que Alá se le llevó junto a Él. Porque Alá es poderoso y sabio. (Corán, IV, 156).

El profeta árabe no solo abominaba de cuantos decían que Dios tenía un hijo, sino a los que le daban culto, así como a María, y de los que hablaban y creían en la Trinidad. José, el padre putativo de Jesús, no es mencionado ni una sola vez en el Corán. Con todo ello, Mahoma se mostraba, evidentemente más monoteísta que los cristianos.

Mahoma se inspira en el Yahvé de los ejércitos, del que entre conminaciones y amenazas hablan una y otra vez los profetas del Antiguo Testamento bajo la consigna de: La espada de Yahvé está llena de sangre... Porque es para Yahvé un día de venganza... (Isaías XXVI, 6,8), tomada del más importante de los profetas judíos, Isaías, gracias al cual Yahvé ascendió de simple Dios del Pueblo de Israel a Dios Universal, Mahoma se evito tener que hacer milagros y cubrió con éxito el manto de profeta con el de guerrero, y bajo la consigna de que el único Dios es Alá y Mahoma su profeta, inicio la guerra santa. El punto de partida había sido la aparición del arcángel Gabriel en forma humana en las cuevas del monte Hira donde le dijo: Mahoma, tu eres el enviado de Alá. A partir de ese momento comenzó la predicación de la nueva religión que se inicia con la emigración que Mahoma hace con numerosas seguidores a Medina, que tuvo lugar hacia el 24 de Septiembre del 622 de nuestra era, se conoce como la Hégira y constituye el punto de partida de la era islámica.

Retomando el terrible problema del mal, se encuentra como tan solo el Corán, entre todos los libros religiosos, y el Islamismo, entre todas las religiones, ha sido capaz de dar la solución a tan grave cuestión. Alá a diferencia de Yahvé lo supera y se hace fatalista y responde por haber creado al hombre sabiendo que está expuesto al mal y puede caer en él. Alá es responsable de haber creado tanto el Bien como el Mal y por eso ningún hombre debe pagar infierno eternamente. Es que Alá es clemente y sencillamente el infierno del profeta árabe es un purgatorio donde cada uno paga su condena por el mal que hizo en la tierra y luego va al paraíso a tener los goces que no tuvo en la tierra, diferente del infierno de los profetas judíos que no responden por la existencia del mal, refugiándose en la leyenda de Adán, haciendo injustamente pagar a sus descendientes un pecado que no han cometido. En otras palabras el dios que el profeta árabe construyo, es un dios más justo, responsable y misericordioso que el dios que los profetas judíos fabricaron, pues inclusive Iblis, el demonio del Islam, finalmente será perdonado.

El Islamismo en vez de ser como otras religiones una verdadera encrucijada a fuerza de dogmas, credos largos y con frecuencia no fáciles de admitir, artículos de fe que riñen con la razón, liturgias complicadas y demás admirables costumbres rituales, el Islamismo se sostiene sobre cinco columnas; la profesión de fe, la oración, el ayuno, la peregrinación a la Meca y la limosna, y algunos preceptos como la prohibición de tomar bebidas alcohólicas, que como estimulante pernicioso se ha convertido en la desgracia de muchos hogares cristianos, provocando la enfermedad, el delito y la muerte, invocando ceremonias religiosas de origen pagano, con celebrantes que devoran el cuerpo de Jesús y beben su sangre en acto simbólico de sublime canibalismo, inspirado en la parábola de la Omofagia de la Ultima Cena, que refleja el eco de la religión griega en el martirio de Dionisos, cuyo cuerpo comieron y cuya sangre bebieron las bacantes.

El Islamismo es una religión sin complejidades, sin sacramentos, sin misterios que fuercen a la reflexión teológica o a la consulta sacerdotal, religión sin clero pero con un credo accesible mediante llanos razonamientos, en suma, pero que conjuga otro factor: el espíritu igualitario.

Por eso si el texto bíblico, que está lleno de insalvables incoherencias, que es soporte de la colonización espiritual sionista en la cultura del mundo occidental, es el libro que refleja y consigna la historia legendaria y las expectativas espirituales y humanas del pueblo judío, el Corán es el libro que con sus reglas ascéticas permitirá que el Islamismo a pesar de la existencia de religiones supuestamente más perfectas, sobreviva probablemente a todas ellas.