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6.4. El Budismo


Según las tradiciones, Siddaharta Gautama, al amanecer después de una noche de meditación, se había convertido en el “Iluminado” y en portador de una nueva religión porque conocía el secreto de la salvación. Ya no era Siddharta, ahora era Buda, que en sánscrito significa “despierto; él que despertó a la Verdad”.

Buda como Jesús no dejó nada escrito, sus enseñanzas a él atribuidas se trasmitieron oralmente y solo empezaron a escribirse siglos después de su muerte. Por eso, a lo más como los evangelios del Nuevo Testamento, representan lo que sus seguidores de generaciones posteriores creían que él había dicho y hecho. Esto significa que no hay ninguna fuente contemporánea de Buda, que vivió en el norte de la India en el siglo VI antes de nuestra era, que nos diga algo acerca de él. Por supuesto eso nos plantea un problema. ¿Cómo se obtuvieron los “textos canónicos” del budismo?

Las “biografías” de Gautama, como más tarde pasaría con Jesús, son de origen tardío y están repletas de datos legendarios y míticos, y los textos canónicos más antiguos son producto de un largo proceso de transmisión oral que aparentemente incluyó cierto grado de revisión y muchas añadiduras. Ni una sola palabra de la enseñanza registrada puede atribuirse con certeza absoluta a Gautama o en el caso de Jesús a él mismo.

Paradójicamente, el Budismo nacido en la India y luego de haber progresado allí, fue profundamente combatido por la religión brahamánica, dividido por polémicas teológicas y luchas internas, su presencia en la tierra originaria ha quedado reducida hoy a grupos minúsculos. En cambio, se impuso de una manera definitiva en las comarcas limítrofes y en gran parte del Lejano Oriente. En la actualidad, cada vez más occidentales se han visto cara a cara con el Budismo debido a las crecientes migraciones. Esto, junto con el obsoleto dogmatismo y la decadencia espiritual de las iglesias tradicionales, ha producido cierta conversión progresiva a esta religión.

Debido a la ”gran cantidad de leyendas y milagros”, es imposible sacar de entre ellos la vida histórica de Buda, como sucede más tarde con Jesús.

La concepción y el nacimiento de Buda se pueden sacar de los textos sánscritos, de cómo llego a concebir a Gautama en un sueño la madre del Buda, la Reina Maha Maya, según el cual cuatro ángeles la llevaron al Himalaya donde fue bañada y purificada de toda mancha humana. No lejos de allí estaba el cerro plateado en elegante residencia dorada donde la extendieron en un lecho divino y la presencia del magnífico elefante blanco produjo la concepción en el vientre de ella.

Cuando la reina le contó el sueño a su esposo el rey, él llamo a los eminentes sacerdotes hindúes para que interpretaran el sueño, ellos le informaron que tendría un hijo, que llegaría a ser un monarca que haría retroceder las nubes del pecado y la insensatez en este mundo. Más tarde se sucedieron los milagros; mil mundos temblaron y el fuego de todos los infiernos se apago, las enfermedades cesaron entre los hombres, los instrumentos musicales tocaron notas sin que nadie los tocara, en los océanos las aguas se hicieron dulces, en fin, todo se sucedía porque llegaría el salvador del mundo.

Nacido el futuro Buda con un dosel blanco por encima de la cabeza, examina las cuatro partes del mundo y exclama con sonido inigualable: Yo soy el principal, el mejor y el primero del mundo; este es mi último nacimiento; nunca más volveré a nacer. Narración tan elaborada como ésta de leyendas y mitos nos remite en la historia de las religiones a lo contado en el Nuevo Testamento con el nacimiento del Mesías en la cuna de Belén.

El momento crucial de la carrera de Sidarta fue cuando por primera vez en la vida, vio a un hombre enfermo, a un hombre de edad avanzada, a otro en la miseria y a un muerto. Esta experiencia lo angustio profundamente, y él se preguntó el significado de la vida: ¿Por qué nacían los hombres, solo para sufrir, envejecer y morir? Abandono su familia, posesiones y su nombre de príncipe y paso los siguientes seis años buscando la respuesta entre los maestros y gurús del hinduismo; pero no tuvo éxito. Los relatos nos dicen que siguió un derrotero de meditación, ayuno, yoga y renunciamiento extremo, pero no halló tranquilidad ni iluminación espiritual.

Con el tiempo se dio cuenta que su derrotero extremo de renunciamiento era tan inútil como la vida dada a la satisfacción de sus deseos que había llevado antes. Entonces adopto lo que llamo la Vía Intermedia, un derrotero en que evitaba los extremos de los estilos de vida que había seguido. Tras decidir que iba a encontrar la respuesta en su propia condición de entidad consciente, se sentó a meditar constantemente durante cuatro semanas hasta que supuestamente pasó a más allá de todo conocimiento y entendimiento y alcanzó la iluminación.

Mediante este proceso había alcanzado la última meta; el nirvana, el estado de paz e iluminación perfectas, libre de los deseos y el sufrimiento. Buda es el hombre que halló la senda a la iluminación para sí y la enseño a sus seguidores, es el último de una serie de budas que han venido al mundo a predicar, revivificar y enseñar la nueva verdad, el dharma; el amarse los unos a los otros, concepto que siglos después el cristianismo lo tomaría como propio.

El budismo acepta la transmigración, es decir muertes sucesivas para renacer incontable número de veces hasta alcanzar el Nirvana, cuando se ha renunciado a todo deseo de vivir.

Las cuatro nobles verdades del budismo son: 1. Toda existencia es sufrimiento; 2. El sufrimiento surge del deseo o anhelo; 3. La cesación de los deseos significa el fin del sufrimiento; 4. La cesación de los deseos se logra siguiendo la verdad de los ocho senderos: a) Justa comprensión, b) Justas aspiraciones, c) La palabra justa, d) La justa conducta, e) La justa manera de vivir, f) Los verdaderos esfuerzos, g) La verdadera disciplina de sí mismo, h) La adquisición de la verdadera felicidad.

La liberación espiritual se logra por la caridad y el amor universal y por librarse del egoísmo. Por sí mismo se llega al conocimiento y no por revelación, como dice el Mahavaga. La reencarnación es un deseo de llegar a ser, que se reduce a una simple posibilidad y por la liberación espiritual se llega a la supresión del sufrimiento.

Se dice que en su lecho de muerte el Buda dio esta indicación a sus discípulos: “Busquen salvación sólo en la verdad; no acudas por ayuda a nadie aparte de ti mismo”. Por eso, según el Buda la iluminación no proviene de Dios, sino del esfuerzo personal por desarrollar el modo de pensar recto y las buenas obras.

No es difícil ver por qué no recibió acogida esta enseñanza en la sociedad india de aquel tiempo. Por una parte, condenaba las prácticas religiosas caracterizadas por avidez y corrupción que promovían los brahmanes, la casta sacerdotal, y por otra, condenaba el ascetismo austero de los jainas y otras sectas místicas. Además, abolía los sacrificios y los mitos, las miríadas de dioses y diosas naturales y analógicas, y el gravoso sistema de castas que dominaba y esclavizaba a la gente en todo aspecto de la vida, en pocas palabras: prometía liberación a todo el que estuviera dispuesto a seguir el camino del Buda.

El budismo enseña el camino a la bondad y la salvación sin un dios personal; el conocimiento más elevado sin una “revelación”, la posibilidad de redención sin un redentor que sustituya, una salvación en la cual cada uno es su propio salvador.

La mente que crece puede con la misma facilidad asimilar la idea de un universo dirigido por una Ley inmutable como asimilar el concepto de un Personaje distante que quizás nunca vea, que mora quién sabe dónde, y que en algún tiempo creó de la nada un Universo que está lleno de enemistad, injusticia, desigualdad de oportunidades, sufrimiento y contienda interminables.

El budismo ofrece un campo muy fértil para el diseño de religiones porque ofrece una doctrina de salvación y una moral sin comprometerse con ningún dios personal. Entonces, el diseñador coloca la imagen natural y construye su religión con los elementos brindados por el budismo. Esto sucedería siglos más tarde con Jesús, cuando tomó como imagen analógica la de su supuesto padre eterno: Yahvé, quien a su vez tomó las virtudes y poderes de Marduk, rey de los dioses y de los hombres de Babilonia, para convertirse en Señor del universo y creador del hombre.

Los budistas no intentan establecer nexos con las divinidades, sino alcanzar un estado psicológico de paz inalterable, en teoría el budismo no aboga por creer en Dios ni en un creador. El Buda, quien nunca afirmó ser Dios, como también sucedió con Jesús, ha llegado a ser venerado como un dios en todo el sentido de la palabra, con templos, santuarios, prácticas, imágenes, reliquias y a los bodhisatvas; seres que han perseguido por sí mismos la iluminación, han llegado a ser objetos a los que los budistas devotos ofrecen oraciones, ofrendas y devoción, como sucede con los santos del cristianismo a los que son equivalentes. Buda es sin embargo el prototipo de la imagen natural y concreta de lo divino y síntesis de lo humano, como siglos más tarde sucedería con Jesús.

Para el budismo hay incalculables dioses que viven en dicha eterna, como la corte celestial del cristianismo con ángeles, arcángeles, serafines y querubines y otros, que acompañan al Padre Eterno, a su supuesto hijo Jesús, pero no tienen relación con los seres humanos y su perfección es menor a la de una persona que alcance el estado de buda. No hay dios superior ni creador en esta religión, y lo que se persigue con la meditación y recogimiento interior no es vincularse con un dios, sino algo difícil definir: una iluminación íntima, un éxtasis auto satisfactorio.

Los métodos para ejercitar la mente de los monjes hacia la purificación, tema principal de la literatura budista, no están guiados por reflexiones teológicas ni tampoco filosóficas; son más bien de orden psicológico.